
Ella reunía varias historias en su vida. Nunca me hablaba de ellas, ni yo, por prudencia o miedo a enojarla, jamás le pregunté. Tampoco nunca me mintió. De vez en cuando venía a la ciudad. Eran días de cielo azul y fuerte viento, como su pasión en la cama en noches que todavía recuerdo. Durante tres o cuatro semanas buscaba mis brazos, me hablaba con la tranquilidad de la costumbre y lo cotidiano. Conseguía que yo no pensase en cuánto tiempo iba a quedarse.
Desmontaba la casa, cambiaba de lugar los muebles y los objetos, y siempre añadía un nuevo pequeño búho de cristal, de cerámica o metal, que aumentaba la colección junto al equipo de música. Llenaba los jarrones de margaritas de colores, para crear alegría y luz, decía, mientras alzaba hasta arriba las persianas. Su presencia brotaba de cada uno de los sesenta metros cuadrados de aquella buhardilla con terraza, como diciéndome que sin ella mi vida no era más que oscuridad.
No recuerdo bien, cuando dejó de venir… porque, aunque la eché de menos, siempre pensé que ella volvería. Pero un tiempo después recibí una postal en la que aparecía el monte Fuji de Japón bajo un corazón atravesado por una flecha y la marca de sus labios rojos en el reverso…su firma y nada más. Curiosa manera la que tuvo de decirme adiós.
Así que, a veces cuando sopla el viento racheado en el cielo azul, sigo acordándome de ella, y echo una mirada desde la terraza a la calle. Esperando no sé qué.
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(Lastura, 2025)