
No se trataba sólo de una canción,
cuando las horas se iban diluyendo en la sombra
y Ben Webster convertía el saxofón
en la voz de un ángel
adentrándose en las olas y la reciente noche.
Crecía el frío o quizás era la labor de la oscuridad
entre la lumbre del faro y los barcos que navegan
sobre el horizonte, otra orilla de signos y estrofas
que desconocíamos, aunque tuviéramos destino en ella.
Te retrasabas y luego te ibas enramando en mi cuerpo,
mientras preparabas sándwiches de jamón y queso
y apurabas el vino de reserva que guardaba en la bodega.
Tú eras de fuego y arena.
Te iluminabas como una tea
tras el juego de buscarnos entre los cojines.
Me quemabas
y entrabas en mi piel como una herida,
encendiendo de preguntas el malecón
o acallando los últimos pájaros llegados del bosque,
mientras dirimías con tus labios una batalla en mi pecho.
Escuchabas mi corazón
y sentías cómo aspiraba tu olor,
cerrando los ojos y sonriéndome.
Lo que otros supieran de nosotros nos daba igual.
Se iba el día, e irremediablemente sustituías
a Ben por Miles Davies,
para que tu cuerpo se moviera
al ritmo impenitente de su trompeta.
Morir hubiera podido ser un viaje largo,
una distancia entre los dos,
pero aquellos instantes no tenían
más afán que la sangre
y la concupiscencia de dos cuerpos
que se reconocían a ciegas en la oscuridad.
(Editorial Olifante, 2024)