
No duermo y escucho cómo lloran los niños.
Escucho cómo gritan los viejos.
Escucho cómo suenan las campanas del Laudes.
Escucho cómo cantan salmos y plegarias.
No duermo, tengo cinco años o seis y no duermo,
solo escucho en la noche las larvas dirimiendo su festín.
Sé que soy afortunado, el único afortunado.
Puedo andar por todas las estancias y recorrer las dunas,
no necesito que me den de comer, que me aseen, que me vistan.
Solo obedezco y vivo al margen de este infierno.
Recojo sin saberlo la tristeza y el dolor
mientras la palabra soledad es algo inherente a respirar.
La muerte se posó en mi mano,
me dejo ese frío áspero de una piel joven.
Él no volverá a preguntarme nada
sobre las olas y los barcos.
No duermo, pero sé que soy el más libre,
el afortunado…
Mientras afuera hay una tormenta
que nos hace llorar a todos los niños.
(Editorial Lastura, 2020)