
UN POEMA ME NOMBRA
Yo he escuchado un poema
en el que alguien me espera para morir junto a mí.
Lejos, a cualquier distancia de mi boca.
Lejos, o justo al cruzar la calle
en la esquina que siempre azota el viento.
No hay distancia, solo una hondura,
un silencio, el crepitar del fuego,
el sonido de la lluvia, la voz de ella recitando.
Hay ciudades donde ella me nombra
y es ella y muchas otras que tienen su voz.
Recorre los nombres, las ciudades,
el mundo gira en su eclipse diario,
son horas perdidas y sueños inacabados.
Ella me nombra y puede que no acuda,
porque morir no es solo una caída individual,
es la ausencia que nunca regresa.
Ella me nombra bajo la lumbre de todas las ciudades
en las que amarse es regresar desde las noches de abandono
al cuerpo a cuerpo, náufragos en el centro del mundo.
Ella me nombra y su voz es una cadena, una tormenta,
son pasos sobre puentes de París,
en los puentes sobre el Danubio cuando Budapest duerme,
o en los puentes sobre el Támesis con la bruma del amanecer…
Ella constantemente me llama desde cualquier
punto del mundo y yo la busco en todas las palabras escritas en las paredes y en los muros.
Camino tras sus huellas, mientras en mi silencio
solo espero que caiga derrumbada sobre mi cuerpo
exhausto y me repita despacio al oído de nuevo mi
nombre.
(Editorial Lastura, 2019)