
No sé si la última mirada de Helena
a la Troya humillada por la suerte
de un caballo de madera
tiene el mismo valor que la de Penélope,
perdida en esa línea de mar océano,
esperando un barco y a un hombre.
Posiblemente tenga igual valor estadístico
que el de la mujer de cualquier marino
que no regresa a puerto,
o la del que sufre la desaparición de lo que ama.
Cada vez que todo se derrumba,
la vida te perdona una mentira,
te deja respirar por un instante
y te causa el mismo dolor
–cruzándote como una sombra–
que a todos los héroes de la tierra
cuando su mundo se convierte en polvo o en
ausencia
.
(Olifante, 2011)